CANDO LA MUERTE ACECHA
El abordaje de una tragedia de la magnitud de la que recientemente
ha conmocionado a Cochabamba, donde una madre extinguió la vida de sus
cinco hijos para luego quitarse la propia, ha sacudido los filones mas
sensibles de la opinión pública.
Las autoridades
concluyeron que las causas fueron una “crisis económica extrema y
conflictos de pareja recurrentes”. Un drama como este no puede agotarse
en un diagnóstico clínico-psiquiátrico ni mucho menos en la estéril
condena moral. Un suceso de esta naturaleza requiere una reflexión
profunda sobre las fallas estructurales que anidan en nuestra realidad
social, económica y cultural.
Me explico: la pregunta sobre cómo
es posible que el instinto de protección maternal (acaso el vínculo más
primario de nuestra especie) se transforme en un acto de aniquilación
solo puede encontrar respuesta en la erosión de los marcos de referencia
que tradicionalmente daban sentido a lo humano.
Lo que ha
fallado aquí no es simplemente una individualidad aislada, una madre
atormentada; sino la red de solidaridades fundamentales que la pobreza
extrema y la exclusión sistemática han terminado por diezmar.
En
Bolivia, donde las estimaciones internacionales y los datos del
Instituto Nacional de Estadística (INE) revelan que aproximadamente el
36,3 % de la población aún persiste en situación de pobreza, la sociedad
ha dejado de cumplir su función mediadora fundamental.
Ya no
somos un espacio donde el sujeto pueda sentirse a salvo, ni donde el
"otro" sea percibido como un portador de futuro. Para una vasta cantidad
de ciudadanos, los espejismos de la riqueza y los relatos del
desarrollo han colisionado con la realidad inmediata rodeada de
privaciones y frustración; la vida misma se ha convertido en una
extensión de su propia desdicha.
Este caso es, sin duda, un
exponente del horizonte posthumano en su dimensión más sombría. Lo
posthumano no se define aquí por la superioridad tecnológica de la vida
moderna, sino por la pérdida de la esencia humanista que situaba la vida
y el vínculo comunitario como valores supremos e innegociables.
Para
muchos, los abismos de precariedad y la percepción de barreras sociales
infranqueables pesan mucho más que las promesas de una modernidad
simbolizada en el consumo.
La sociedad de mercado, con su
imperativo de éxito y competitividad, actúa como el verdadero acicate de
la muerte. Bajo esta lógica, la existencia solo es validada por la
capacidad de producir y consumir.
Este principio básico del
capitalismo tardío, sin embargo, no se aplica para aquellas madres
rodeadas de carencias totales, el futuro deja de ser una promesa para
convertirse en una amenaza. Así, el acto de matar a sus hijos surge como
una paradójica y desesperada forma de "salvarlos" de un destino de
abandono, indiferencia social, inoperancia estatal y soledad humana que
ella ya no puede mitigar.
Como se ve, el hambre y las privaciones
han sitiado la subjetividad humana, desplazando cualquier anclaje
espiritual o comunitario al abismo de la muerte. El éxito, erigido como
el único tótem de la modernidad no admite el fracaso ni la
vulnerabilidad.
Cuando la realidad golpea con la dureza de la
miseria, el sujeto posthumano, despojado de redes de contención, opta
por la clausura definitiva. Lo que falló fue la comunidad que dejó de
mirar, un Estado que se tornó abstracto y un sistema de valores que ha
entronizado una materialidad anárquica.
La tragedia de
Cochabamba es, en última instancia, el grito de una realidad que nos
advierte que se han encendido las alarmas y activados mecanismos oscuros
que, como en este dramático caso, terminan cercando la existencia hasta
las últimas consecuencias.