viernes, 15 de mayo de 2026

 AL FILO DE LNAVAJA


Quizá la expresión que sirve de título a este breve articulo ejemplifique de mejor manera la profundidad de la disyuntiva política que enfrenta el país. Un momento en que nos sobrepasa la angustia de la transición y la búsqueda agobiante de un punto de inflexión en el que se enfrentan el pasado y el futuro, y que a su vez contrapone dos visiones de Estado: una localizada en los ancestrales anaqueles en que el masismo pretendía fundar un Estado, y otra en la avasalladora modernidad tardía que nos envuelve. Bolivia se encuentra pues “al filo de la navaja”

Debemos decidir si reposicionamos los sujetos históricos del populismo, o centramos el Poder del Estado y el diseño de sociedad en el ciudadano de la modernidad. Debemos decidir nuevos mecanismos de participación ciudadana, nuevas formas de representación, una nueva institucionalidad democrática en donde el ciudadano es el protagonista y artífice de su destino. El conflicto actual, con toda su profundidad y complejidad, es un dilema al exterior del Estado; es una disputa entre dos modelos de Estado y de sociedad, y dos formas de administrar el desarrollo del país. No se trata de que las fuerzas “populares” entraron en conflicto con las “fuerzas ciudadano-democráticas”, se trata de la contradicción de dos modelos de Estado y sociedad totalmente diferenciados. Si Rodrigo Paz logra doblegar las poderosas fuerzas de la tradición popular/populista y desplegar la idea de nación que posee, habrá logrado un salto cualitativo, una verdadera revolución democrático-ciudadana.

La historia de Bolivia nos revela que la transición de una forma específica de organización estatal se experimenta siempre como una sucesión de momentos confusos y con fuertes cargas de violencia real o simbólica. Lograr el tránsito de un modelo estatal a otro supone, por ello, un resurgir de los actores y la proyección de nuevas lecturas de la realidad íntimamente ligadas a su propia experiencia ciudadana. El agotamiento del ciclo que hemos denominado el Estado del 52 (ese complejo tramado de factores sociales, culturales y políticos iniciados por la Revolución Nacional) ha dejado un vacío que las fuerzas del populismo etnocéntrico intentaron llenar con una narrativa anclada en el pasado que hoy colisiona frontalmente con una sociedad civil que se reconoce, ante todo, como ciudadana. Una pujante burguesía popular, el avance de un capitalismo igualmente popular cimentado en mas de un 85% de informalidad económica, y una clase media en avance han creado las bases de un cambio paradigmático que hoy, en el conflicto con la COB y otros sectores muestra las dimensiones del desafío.

Lo que presenciamos no es una simple pugna por la administración del Poder, sino, el punto culminante del cierre de un ciclo histórico y la emergencia de un nuevo sujeto interpelatorio. El Movimiento al Socialismo, bajo la égida de Evo Morales, cumplió la misión de concluir las tareas pendientes de la Revolución Nacional, sin embargo, al intentar “racializar” el proceso terminó por asfixiar las pulsiones de una modernidad que ya había echado raíces en la subjetividad nacional, desde al menos mediados del siglo pasado. El conflicto que enfrenta Rodrigo Paz, desde esta perspectiva, simboliza la resistencia de la modernidad al impulso de las fuerzas mas retrógradas y fundamentalistas que fue capaz de engendrar el “Estado Plurinacional”. Es, en última instancia, la lucha por una "democracia real" que supere la “democracia popular” corporativista que fracasó en los 20 años que usufructuó del Poder.

La crisis de representación política que dinamiza los nuevos movimientos sociales, indica que las viejas estructuras del populismo y el capitalismo salvaje de hace poco tiempo atrás ya no consiguen escuchar ni responder las demandas de la mayoría de los ciudadanos. Sus discursos tampoco significan ya mucho para la sociedad actual. Sus rígidas consignas ideológicas caen en saco roto y emergen en su lugar poderosas fuerzas en defensa de su identidad, su patrimonio y sus derechos fundamentales.

El desarrollo de las fuerzas productivas, incluso bajo el modelo neoliberal y el posterior auge extractivista, ha dado curso a la formación de una clase media ascendente y una "burguesía popular" que, aunque posee rasgos étnicos, funciona bajo las leyes del capital y la modernidad. Estos nuevos sujetos económicos están cada vez más lejos de las pulsiones populares que servían de sustento al discurso oficial del populismo masista; son ciudadanos que valoran el conocimiento, el desarrollo tecnológico y la inserción global y, en consecuencia, el discurso masista centrado en el mito y la ancestralidad, ha dejado de engranar con una sociedad civil que se mueve en el horizonte de la democracia ciudadana.

Por otro lado, el debilitamiento de las fuerzas del "campo popular" no es un fenómeno aislado, sino la constatación de que lo "nacional-popular" ha dejado de representar la trama del proceso contemporáneo. Hoy es más apropiado hablar de un "campo democrático-ciudadano", donde la fuente del Poder ya no nace exclusivamente de los sectores más pobres o ricos, sino de una ciudadanía diversa que reclama el reconocimiento de su individualidad. La ideología ha sido sustituida por la defensa de la vida cotidiana. Los ciudadanos ya no buscan el trastocamiento radical del orden constitucional, sino, la cualificación del orden democrático: mejor democracia y mas eficiente

En este escenario de transición, la disyuntiva es clara: o persistimos en un modelo estatal agotado que instrumentaliza el pasado para justificar el autoritarismo, o avanzamos hacia la construcción de un proyecto estatal que sea la superación definitiva del Estado del 52. Este nuevo Estado debe ser capaz de organizar el aparato administrativo en función de una visión ciudadana, rescatando la institucionalidad democrática y garantizando que el ciudadano sea el artífice de su propio destino, es decir, redireccionando las políticas públicas. La superación del orden estatal que plantea Rodrigo Paz debe leerse, por tanto, como el esfuerzo por consolidar una nación que, sin negar sus raíces, se proyecte con firmeza hacia el futuro de la modernidad tardía.

Finalmente, Bolivia se encuentra ante la posibilidad de dar un salto cualitativo; la transición hacia un modelo democrático-ciudadano no es solo un deseo, sino, una necesidad histórica para evitar que la nación quede atrapada en el “eterno retorno” de un populismo que ya no tiene respuestas para los desafíos del siglo XXI. El ciudadano de la modernidad ya no espera que el Estado le otorgue su identidad política; la ejerce en las calles, en las redes y en cada acto de defensa de su libertad y ese será, en el peor de los casos, el último campo de batalla.


domingo, 26 de abril de 2026

   34.618 formas de hacer democracia
Por: Renzo Abruzzese
 

El Tribunal Supremo Electoral ha comunicado que, por primera vez en la historia electoral de Bolivia, se elegirán 34.618 autoridades subnacionales inscritas por un total de 184 organizaciones políticas.  112 candidatos a gobernación, 37 a subgobernadores, 1.452 asambleístas y 2.961 candidatos a alcaldías. ¿Cómo explicamos esta efervescencia electoral?

Primero, la proliferación de candidaturas y siglas políticas en Bolivia no debe ser interpretada como un fenómeno de dispersión caótica o una muestra de inmadurez ciudadana. Por el contrario, nos encontramos ante un hecho sociológico de profunda significación que revela la transición de un modelo estatal agotado hacia una nueva configuración de la sociedad civil. Esta multiplicidad de candidaturas es, en última instancia, un avance fundamental en la recuperación de la salud democrática tras dos décadas de un autoritarismo populista que pretendió clausurar el disenso y uniformar la voluntad general bajo la sombra protectora del caudillo. Durante este largo periodo, la representación social fue secuestrada por una narrativa que redujo la complejidad de la nación a una sola categoría "popular", excluyendo sistemáticamente a las identidades emergentes, por ello, la atomización que observamos hoy es el "deshielo" necesario de un cuerpo político que estuvo congelado por la lógica del pensamiento único. La recuperación de la democracia no es solo un acto electoral, sino la restitución de la pluralidad como el único escenario posible para la convivencia democrática en la modernidad.

En segundo término, esta proliferación es un síntoma de la descomposición del Estado autoritario y, de manera más profunda, el acta de defunción definitiva del ciclo histórico iniciado con la Revolución Nacional de 1952. Como se ha argumentado en trabajos previos, el proyecto del Movimiento al Socialismo no representó una ruptura real con el pasado, sino, más bien, la fase conclusiva y degradada del nacionalismo revolucionario iniciado por el MNR. El MAS-IPSP fue el encargado de cerrar el proceso de transformaciones que el viejo Estado del 52 dejó pendientes, especialmente en lo relativo a la inclusión indígena en las estructuras de poder real. Agotada esta tarea histórica bajo el signo de la modernidad capitalista, el Estado centralista y corporativo ha perdido su capacidad de organizar el aparato político en función de una narrativa común. La dispersión de candidatos es el reflejo de una sociedad que ya no cabe en el corsé del "Estado del 52" ni en sus fundamentos ideológicos obsoletos. La emergencia de una "burguesía chola" (junto a la aspiración de un “capitalismo popular” que hoy cabría en la expresión “capitalismo para todos”) y de nuevas clases medias urbanas, productos del mismo proceso, ha desbordado las categorías zavaletianas de lo "nacional-popular" para dar paso a un universo discursivo centrado en lo democrático-ciudadano, donde el individuo se instala como el nuevo interlocutor de la historia.

La tercera dimensión de este fenómeno radica en la recomposición de las formas de participación y representación de la ciudadanía. Asistimos a un tránsito histórico donde los antiguos mediadores (los partidos políticos tradicionales y las organizaciones sindicales de cuño corporativo) han perdido su potencia para interpelar a los nuevos sujetos sociales. El surgimiento del “Poder Ciudadano”, expresado con vigor en las movilizaciones de las "pititas", marcó un punto de inflexión irreversible. En estos eventos, la protesta ya no buscaba la toma del poder por la vía del asalto revolucionario o el vanguardismo ideológico, sino la restitución de la condición civil de los individuos frente al autoritarismo de los últimos veinte años. Esta nueva sociedad civil opera bajo una lógica "glocal", combinando demandas locales con una inserción plena en las dimensiones globales a través de las redes y la tecnología. La fragmentación política es, en realidad, el reflejo de una sociedad que rechaza los esquemas de gestión que han probado su ineficiencia y que busca un reconocimiento que ya no pasa por los marcadores étnicos o de raza impuestos por el régimen anterior, sino por sus derechos civiles y su participación directa en la toma de decisiones.

La transición de un modelo estatal a otro siempre se experimenta como una sucesión de momentos turbulentos, protagonizados por nuevas generaciones que intentan darle sentido a su accionar político a través de políticas públicas efectivas y no de dogmas ancestrales o retóricas vacías. Lo que está en juego en el actual escenario no es meramente quién ganará una elección, sino el diseño de un nuevo "Proyecto de Estado" capaz de ofrecer continuidad histórica a una nación que ha cambiado profundamente después de la bonanza malgastada. La demanda por una "democracia real" y no solo formal es el hilo conductor que une a estas nuevas expresiones políticas que exigen que, la libertad, la justicia y la solidaridad se traduzcan en una institucionalidad moderna y eficiente.

Desde la lectura de la situación electoral actual, la proliferación de candidaturas, lejos de ser un obstáculo, debe entenderse como la dialéctica necesaria entre el fin de un ciclo autoritario y el nacimiento de una democracia ciudadana que aún está en ciernes. El desafío para el sistema político, en consecuencia, estriba en transformar esta energía dispersa en una nueva institucionalidad que no reniegue de la modernidad capitalista, sino que la asuma como el marco en el cual las múltiples identidades bolivianas pueden coexistir y prosperar. La actual fragmentación es el síntoma de una sociedad que, tras haber agotado un ciclo de setenta años, busca con urgencia los derroteros que la conduzcan hacia una verdadera emancipación democrática.

[Este texto ha sido corregido con la asistencia de IA, Gemini.google.com]

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

 CANDO LA MUERTE ACECHA

El abordaje de una tragedia de la magnitud de la que recientemente ha conmocionado a Cochabamba, donde una madre extinguió la vida de sus cinco hijos para luego quitarse la propia, ha sacudido los filones mas sensibles de la opinión pública. 

Las autoridades concluyeron que las causas fueron una “crisis económica extrema y conflictos de pareja recurrentes”.  Un drama como este no puede agotarse en un diagnóstico clínico-psiquiátrico ni mucho menos en la estéril condena moral. Un suceso de esta naturaleza requiere una reflexión profunda sobre las fallas estructurales que anidan en nuestra realidad social, económica y cultural. 

Me explico: la pregunta sobre cómo es posible que el instinto de protección maternal (acaso el vínculo más primario de nuestra especie) se transforme en un acto de aniquilación solo puede encontrar respuesta en la erosión de los marcos de referencia que tradicionalmente daban sentido a lo humano. 

Lo que ha fallado aquí no es simplemente una individualidad aislada, una madre atormentada; sino la red de solidaridades fundamentales que la pobreza extrema y la exclusión sistemática han terminado por diezmar. 

En Bolivia, donde las estimaciones internacionales y los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) revelan que aproximadamente el 36,3 % de la población aún persiste en situación de pobreza, la sociedad ha dejado de cumplir su función mediadora fundamental. 

Ya no somos un espacio donde el sujeto pueda sentirse a salvo, ni donde el "otro" sea percibido como un portador de futuro. Para una vasta cantidad de ciudadanos, los espejismos de la riqueza y los relatos del desarrollo han colisionado con la realidad inmediata rodeada de privaciones y frustración; la vida misma se ha convertido en una extensión de su propia desdicha. 

Este caso es, sin duda, un exponente del horizonte posthumano en su dimensión más sombría. Lo posthumano no se define aquí por la superioridad tecnológica de la vida moderna, sino por la pérdida de la esencia humanista que situaba la vida y el vínculo comunitario como valores supremos e innegociables.

Para muchos, los abismos de precariedad y la percepción de barreras sociales infranqueables pesan mucho más que las promesas de una modernidad simbolizada en el consumo. 

La sociedad de mercado, con su imperativo de éxito y competitividad, actúa como el verdadero acicate de la muerte. Bajo esta lógica, la existencia solo es validada por la capacidad de producir y consumir. 

Este principio básico del capitalismo tardío, sin embargo, no se aplica para aquellas madres rodeadas de carencias totales, el futuro deja de ser una promesa para convertirse en una amenaza. Así, el acto de matar a sus hijos surge como una paradójica y desesperada forma de "salvarlos" de un destino de abandono, indiferencia social, inoperancia estatal y soledad humana que ella ya no puede mitigar.

Como se ve, el hambre y las privaciones han sitiado la subjetividad humana, desplazando cualquier anclaje espiritual o comunitario al abismo de la muerte. El éxito, erigido como el único tótem de la modernidad no admite el fracaso ni la vulnerabilidad. 

Cuando la realidad golpea con la dureza de la miseria, el sujeto posthumano, despojado de redes de contención, opta por la clausura definitiva. Lo que falló fue la comunidad que dejó de mirar, un Estado que se tornó abstracto y un sistema de valores que ha entronizado una materialidad anárquica. 

La tragedia de Cochabamba es, en última instancia, el grito de una realidad que nos advierte que se han encendido las alarmas y activados mecanismos oscuros que, como en este dramático caso, terminan cercando la existencia hasta las últimas consecuencias.