CANDO LA MUERTE ACECHA
La Escaramuza
Sitio oficial de Renzo Abruzzese A.
miércoles, 11 de marzo de 2026
viernes, 24 de octubre de 2025
Cuando el candidato pierde la sonrisa
El debate vicepresidencial entre Juan Pablo Velasco de la Alianza Libre y Edman Lara candidato de la Democracia Cristiana, exigía de sus participantes una dosis propositiva capaz de mostrar los contrastes entre ambos, esto, empero, no fue posible porque Lara optó por la confrontación mostrando una clara debilidad argumentativa frente al candidato de Alianza Libre. Su performance no solo mermó las posibilidades de debate serio y fructífero, sino, desnudó una personalidad intolerante y autoritaria, de alguna manera, su fracaso en la tribuna se convirtió en una radiografía de la crisis final de las poses populistas claramente reflejado en un discurso centrado en el polisémico concepto de “pueblo”. Una estrategia por cierto fracasada en todos los países en que el experimento populista tomó el poder en décadas pasadas.
El primer error estratégico de
Lara fue pretender desplegar un discurso basado en la confrontación vacía.
Cuando el objetivo primario es anular al adversario en lugar de proponer un
horizonte de soluciones, lo que se niega es la propia viabilidad de la
propuesta porque evoca las formas autoritarias y unilaterales de las dictaduras
latinoamericanas del pasado. Tomar nota de esta intención es crucial, porque la
audiencia capta rápidamente la ausencia de sustancia y una burda sustitución
por la violencia verbal. El votante, aunque pueda disfrutar del golpe bajo, propio
de la morbosidad política, espera que los llamados a dirigir una nación en un
momento de cambio como el que vivimos, ofrezcan algo más que gestos airados,
poses autoritarias y un comportamiento poco apropiado para un político moderno.
Cuando la propuesta es sustituida
por la agresión o la irracionalidad del lenguaje violento, es clara seña de la
pequeñez política del protagonista. Esto quedó claro en el debate; Lara no dio
la talla que requiere la segunda magistratura del país, Juan Pablo Velasco
mostró en cambio el aplomo que supone asumir un cargo de ese nivel en un
momento como el actual.
La estridencia del discurso del
candidato del PDC quedó anclada en frases repetitivas, acusaciones, y demandas
propias de una guerra sucia que, finalmente, terminó mostrando al verdadero
Lara: un político aprendiz sumido en el odio y la intolerancia.
El riesgo que implica esta figura
es que los violentos se consoliden como actores de la política postevista. Semejante
posibilidad no solo seria prolongar lo que vivimos 20 años con el régimen
masista (la quintaesencia de la mediocridad y la corrupción) sino que
perderíamos la mejor oportunidad de construir una democracia cualitativamente
superior, y terminaríamos prolongando este vacío de valores y principios que
debieran regir la democracia nacional frente a los desafíos del siglo XXI.
La violencia verbal “larista” y
la apelación a las percepciones más sentidas y básicas del pueblo, (propias del
populismo y el fascismo) se transforma inevitablemente en una derrota. Se
derrota la posibilidad de que el debate público eleve la calidad de la
democracia y de que las expectativas ciudadanas encuentren un actor a la altura
de estos tiempos.
gráficamente creo que hemos
presenciado una transfiguración digna de estudio: La sonrisa inicial, esa mueca
de suficiencia que Edman Lara intentó instalar durante el primer bloque del debate,
se desvaneció por completo en el subsiguiente. Todo indica que el candidato
comprendió el alcance de su descalabro. Su rostro se transformó en una evidente
mueca de impotencia y frustración. Esa mueca final fue el sello definitivo de
su ineptitud para el cargo que postula, un símbolo que encapsula la derrota de
un candidato que, de llegar al poder, solo mostrará las garras de un autoritario
mas, al mejor estilo de la izquierda fracasada latinoamericana.
domingo, 1 de junio de 2025
ENFERMOS DE PODER
El primer caso que nos interesa
es el de Juan Domingo Perón, presidente de Argentina entre 1946 y 1955, y
nuevamente en 1973. Inició su mandato con importantes avances sociales, como la
expansión del bienestar y la mejora de los derechos laborales. A través de una
retórica que dividía la sociedad en “pueblo” y “anti-pueblo”, fue sustituyendo
el pluralismo democrático por la lealtad al líder. Él era la presentación
insuperable del pueblo, y terminó creyéndose insustituible.
Alberto Fujimori, presidente del
Perú entre 1990 y 2000, asumió con una narrativa tecnocrática que logró
estabilizar la economía y controlar el terrorismo. No obstante, en 1992
disolvió el Congreso en un “autogolpe” que marcó el inicio de un régimen autoritario.
En los diez años de gobierno, judicializó la política, cooptó las instituciones
y se reeligió en condiciones irregulares. Huyó en el año 2000 tras un escándalo
de corrupción masiva, y fue finalmente condenado por violaciones a los derechos
humanos y por el uso del poder en beneficio propio.
Hugo Chávez, electo en Venezuela
en 1999, articuló una retórica de justicia social con una progresiva
acumulación de poder. Tras el intento de golpe de 2002, debilitó la autonomía
de los poderes públicos y restringió la libertad de prensa. Desinstitucionalizó
todo el Estado e impuso un régimen dictatorial. Como Perón y Fujimori terminó
creyendo que sin él no había nación alguna.
Finalmente, Evo Morales comenzó
con un mandato de fuerte contenido social y popular y un decidido apoyo de
indígenas y clases medias. Ya sabemos la historia y su infinita ambición de
Poder, su inalcanzable egomanía y su desprecio total por la democracia.
Lo que interesa notar son los
elementos que distinguen este tipo de regímenes autoritarios, estos elementos
podríamos resumirlos en: liderazgos carismáticos surgidos en contextos de
crisis o de un profundo deterioro de los sistemas democráticos, identificación
del líder con el “pueblo”, debilitamiento progresivo de los contrapesos
institucionales, desinstitucionalización progresiva y erosión de las libertades
civiles. Esta la fórmula parece derivar
en dictadores de diferente talla y en caudillos cuya ambición de Poder es ilimitado.
La ambición de poder que los
caracteriza no fue en ninguno caso un accidente, sino la lógica inherente al populismo
y al fascismo. Aunque los contextos son distintos; el populismo peronista, el
autoritarismo tecnocrático de Perón, el neofascismo bolivariano y el
indigenismo racializado de Evo Morales, todos ellos cruzaron el umbral que
separa la autoridad legítima del poder absoluto, lo que parece evidenciar que, como advierte Enrique Krauze; "el
caudillo latinoamericano tiende a sustituir las instituciones por su
voluntad" esta es la vía por la que los caudillos del siglo XXI son
devorados por una ambición irresistible
y una ceguera irreversible.
Entre la entropía y las fuerzas en tensión

La entropía, en este marco
conceptual, alude a la tendencia natural hacia el desorden, la fragmentación y
la pérdida de coherencia en los sistemas complejos. Aplicada a la coyuntura
boliviana actual, se manifiesta de manera palpable en la creciente polarización
política y social, así como en el progresivo deterioro de las instituciones,
particularmente en el ámbito de la institucionalidad democrática. A ello se
suma la profunda crisis del sistema judicial,
minado por la corrupción, la
cooptación política y la pérdida de legitimidad del actual gobierno.
El proceso de
desinstitucionalización, que ya suma más de dos décadas, ha contribuido no solo
al debilitamiento del Estado de derecho, sino también a la generación de una
aguda incertidumbre colectiva y desconfianza generalizada en el futuro
inmediato. El resultado es un clima social en que el tejido social es cada vez
más laxo y débil, los valores sociales, morales y éticos han hecho crisis y se
ha apoderado de los ciudadanos altos niveles de frustración en un entorno
marcado por la crisis económica, la creciente inflación y una sistemática
incapacidad gubernamental.
En el campo opositor, las fuerzas
centrífugas —aquellas que tienden a la dispersión— son manifiestas y
determinantes. Las marcadas diferencias de orden individual, los liderazgos
fragmentados, las ambiciones personales y la ausencia de un proyecto político
común, impiden la conformación de una alternativa sólida al Movimiento al
Socialismo (MAS). Con escasas excepciones, cada facción opositora prioriza sus
propios intereses, lo que dificulta la articulación de un frente cohesionado
capaz de disputarle el poder al MAS en las próximas elecciones generales. Además,
la pugna por el protagonismo y la exposición mediática agrava la fragmentación
interna y confunde al electorado.
Sin embargo, no todo está
perdido: existen fuerzas centrípetas que podrían, en ciertas
circunstancias, propiciar la unidad opositora. La necesidad de frenar la deriva
autoritaria, defender los valores democráticos y enfrentar colectivamente los
graves problemas económicos actuales podrían constituirse en puntos de
convergencia. No obstante, hasta ahora, estas potencialidades no parecen ocupar
un lugar prioritario en la agenda de los partidos ni en la estrategia de sus
líderes, especialmente en un contexto electoral como el actual donde predomina
el cálculo inmediato por encima del horizonte estratégico común, lo que, de
alguna manera nos habla de un recorrido entrópico, entendiendo que todo
fenómeno de ese tipo termina en el caos.
En el oficialismo, por su parte,
las tensiones internas también se han vuelto evidentes y, en algunos casos,
insostenibles. Las fracturas dentro del MAS, las luchas intestinas por el
control del aparato estatal y la ausencia de una renovación del liderazgo tanto
como el reconocimiento del fracaso del modelo que impusieron a partir del 2006,
han generado densas fuerzas centrífugas que erosionan la cohesión del
bloque masista. A esto se suma el evidente agotamiento de su propuesta
política, que ha dejado de ofrecer respuestas eficaces a los desafíos del
presente. Sin embargo, en su interior emergen también fuerzas centrípetas,
impulsadas por la necesidad de conservar el poder, blindarse ante posibles
responsabilidades judiciales y mantener los privilegios acumulados durante dos
décadas de administración estatal. La búsqueda de unidad entre facciones
enfrentadas dentro del MAS parece sustentarse menos en una visión compartida de
país y más en una estrategia de supervivencia política. En este sentido,
cualquier posible alianza al interior del oficialismo dependerá más del cálculo
pragmático y del temor a las consecuencias del ocaso político que vive
actualmente, que de la convicción o la lealtad ideológica.
Visto desde esta perspectiva, la
coyuntura política boliviana se configura como un espacio atravesado por una
constante tensión entre dinámicas de dispersión y de cohesión. Tanto en la
oposición como en el oficialismo, estas fuerzas se entrecruzan, se
contrarrestan y, a veces, se anulan mutuamente. La capacidad de los actores
políticos para gestionar estas tensiones, construir consensos y articular
proyectos políticos incluyentes y democráticos será determinante para el futuro
inmediato del país.
El panorama actual, lamentablemente,
no ofrece señales claras de superación de la fragmentación ni de construcción
de liderazgos capaces de afrontar los desafíos de este nuevo ciclo estatal
nacional. Todo parece indicar que una lógica entrópica se ha instalado
en el núcleo mismo del sistema político nacional, configurando una fase de alta
inestabilidad, incertidumbre y riesgo democrático.
miércoles, 5 de febrero de 2025
SOBRE LA HISTORIA COLONIAL
En los últimos años una frondosa veta de investigación histórica en torno a las características de la sociedad colonial ha empezado a poner en evidencia que, al menos una buena parte de todas las atrocidades que los pueblos indígenas sufrieron durante la conquista y la colonia, no fueron como hasta ahora se nos enseñó. Para sorpresa de muchos -entre ellos yo- historiadores jóvenes empezaron a notar que aquellas espantosas imágenes de una colonialidad inmisericorde y abrumadoramente criminal, no parecen ser tan ciertas, solo habría que pensar que los españoles fundaron más de 30 universidades en lo que se ha llamado territorios coloniales, y habría que agregar que las Leyes de Indias están consideradas uno de los primeros cuerpos legales que incluyeron principios de Derechos Humanos.
Sin duda reconocer las atrocidades y el sufrimiento de los nativos es inobjetable, pero también van destacándose los logros que sentaron las bases para el desarrollo cultural, académico y político de las naciones sudamericanas. Incluso la nominación de colonias fue en gran medida un despliegue de la cultura inglesa. Según los expertos los pueblos sometidos por la corona española siempre se reconocieron como hispanos; eran territorios hispanos no colonias españolas. La explotación de los términos coloniales fue más un artificio propio de los discursos políticos más que de las narrativas históricas de los pueblos hispanoamericanos.
Este resurgimiento de un pensamiento crítico que no está dispuesto a creerse todo lo que se le cuenta, es propio de los momentos en que grandes periodos de la historia decaen y dan paso a ciclos diferentes cuya distancia con la mitología urbana, la inventiva histórica y la demagogia política se descomponen y surgen en su lugar formas superiores de conocimiento e investigación que, en muchos casos, restituyen los verdaderos parámetros en que se movían las sociedades en el pasado.
En todos los órdenes de la realidad e independientemente de las características culturales, económicas, sociales y políticas de las sociedades de occidente, se experimenta una revisión de los argumentos y de los relatos que sirvieron durante todo el siglo XX y parte del XXI como fundamentos históricos irrefutables y sostén indiscutible de las posiciones ideológicas que marcaron el curso de la historia.
En todos nuestros países una visión crítica empieza a relativizar los conceptos y los juicios de valor que daban pie a posiciones extremas, en muchos casos marcadas por un sesgo racial inadecuado para un mundo en franco proceso de mundialización. El producto de este fenómeno en gran parte generado por el propio desarrollo económico y social de nuestras sociedades, y el desarrollo tecnológico que las acompaña, se expresa en la generalizada desilusión en torno a los grandes discursos del siglo XX, la crisis terminal de las sacro santas ideologías y la descomposición acelerada de los partidos políticos. Esta explosiva combinación de factores lo menos que puede producir es la necesidad de revisar los argumentos, las justificaciones, los pretextos y los mitos que, a lo largo de las décadas pasadas, solo sirvieron para imponer regímenes e ideologías, derrocar democracias, minar los valores sociales y diezmar las instituciones, incluso, como en nuestro caso, avasallar el sistema republicano para intentar sustituirlo por un indigenismo anacrónico.
Parece pues que estamos en las puertas de un nuevo mundo mucho más intelectualmente diverso, democrático y crítico. Esto sin duda siembra el terror entre los que viven aferrados al pasado y desde allí instrumentalizan sus grandezas y sus miserias para reconstruir ideologías que la modernidad tardía ha sepultado en el cofre de los recuerdos, o para manipular la sensibilidad social en función de sus propios intereses. Todo indica que el siglo XXI avanzará a una nueva modalidad de renacimiento, mas allá de la mediocridad que hoy nos rodea.
LA IZQUIERDA Y LA DERECHA
El MAS interpreta la actual coyuntura en los típicos términos de izquierda y derecha. Arce Catacora dijo públicamente la semana pasada que las próximas elecciones serán una contienda entre la derecha y la izquierda. Esta manera de ver las cosas deja algunas dudas que nacen del propio desarrollo de la historia del capitalismo y de la modernidad tardía, en el sentido en que, por ejemplo, si yo estoy plena y absolutamente de acuerdo con la liberación femenina, con el matrimonio gay o con la protección de la naturaleza me hacen un hombre progresista, y en consecuencia, dado que progresismo se asociaba a izquierda, un hombre de izquierda, sin embargo, si soy un radical defensor de la propiedad privada, la libertad irrestricta de prensa y de pensamiento, para los actuales “progresistas de izquierda” soy irremediablemente un hombre de derecha, es decir, hoy es muy difícil encasillar los comportamientos tanto cotidianos como políticos en los estrechos márgenes doctrinales de lo que en el siglo XX se denominaba la izquierda y la derecha. De hecho, el proletariado norteamericano es el primer defensor de las grandes corporaciones y centros de producción que les dieron un ingreso económico seguro y una estabilidad financiera duradera. En la realidad concreta del siglo XXI, los obreros están años luz de pretender suprimir a sus patrones capitalistas como sucedía desde el surgimiento del capitalismo. Difícilmente podríamos decir que los obreros en los países capitalistas hoy en día se inscriben en los parámetros de la lucha de clases. La conciencia revolucionaria que definía la naturaleza de la izquierda ha sido sustituida por los grandes logros de la ciencia y la tecnología, y las épicas batallas hoy tienen como protagonistas centrales del desarrollo económico, social y cultural ya no harapientos obreros en guetos de pobreza, sino, ciudadanos en condominios dotados de alta tecnología. Se estima que para el año 2030, un tercio de la producción mundial estará a cargo de robots inteligentes, de esos que no hacen pliegos petitorios ni declaran huelgas ni bloquean avenidas y que trabajan hasta 24 horas sin detenerse un minuto.
Permanecer aferrado a una concepción de la historia anclada en las derechas y las izquierdas es simplemente no haber reconocido ni una décima de la realidad que caracteriza el siglo XXI. Hasta las expresiones derivadas de esas concepciones antagónicas se han deteriorado, es casi imposible encontrar posiciones antagónicas en la dinámica socioeconómica y política de la sociedad contemporánea. Todas las grandes diferencias han sido progresivamente cubiertas por el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Seguramente muchos podrían argüir, y con justa razón que el planeta esta atestado de pobres, y es lamentablemente cierto, pero la pobreza del mundo actual no genera ya ideologías porque los pobres del mundo capitalista desarrollado viven en condiciones miles de veces mejoradas en comparación a sus homólogos del siglo XVIII, por ejemplo. Lo que les preocupa ahora es propia identidad y estas no se definen por intereses de clase, sino por expectativas, necesidades y frustraciones emergentes de su diario vivir. Ya no hay obreros en el sentido del marxismo clásico, los han sustituido los ciudadanos de a pie.
Los grandes relatos de los siglos pasados, (el capitalismo, el socialismo, el liberalismo) han dejado de ser categorías que ordenan el comportamiento social de los jóvenes actuales, hoy su comportamiento social y político está ligado a formatos diferentes; el partido ha sido sustituido por la plataforma, el manifiesto por el mensaje en tiempo real. De los grandes movimientos colectivos hemos pasado a los grandes movimientos “conectivos” y las tecnologías del Poder están más ligadas a la inteligencia artificial que la capacidad intelectual de los lideres, (lo que por cierto ha dado resultados desastrosos en la medida en que cualquier cretino puede ser hoy protagonista de la historia)
En medio de estas dramáticas transformaciones plantear que la situación del país pasa por decidir si me alineo con la derecha o con la izquierda es totalmente inocuo, por no decir absurdo. En las próximas elecciones cuanto puede interesarle a un joven de 18 años saber si sus expectativas son derecha o de izquierda, cuando en realidad su nivel de información lo ponen por encima de cualquier castrante tipificación. Para un joven votante lo que en realidad vale es la clara percepción de su libertad, de su independencia, de la satisfacción de sus necesidades y de la certeza de que todo lo que puede lograr depende del quantum de libertad que lo rodee, y no de unas doctrinas que hace rato dejaron de ser recetarios del destino.
jueves, 23 de noviembre de 2023
LOS
INCENDIARIOS
Los incendios han devastado hasta la semana pasada más de 3.5 millones de hectáreas. El gobierno informa diariamente cuantos focos de calor existen, pero guarda un sospechoso silencio en relación con la magnitud de las hectáreas devastadas y su localización. Una cosa así no se había visto antes en nuestro país. Se podría pensar que se han incrementado por efectos climáticos, y eso es relativamente cierto, empero, los expertos en medio ambiente y el propio gobierno opinan que, ni duplicando la intensidad de la sequía y la elevación de las temperaturas podrían producirse la cantidad de incendios que estamos experimentando. A todo esto, se suma que ya para nadie es un secreto que el 80% de los incendios forestales son causados de forma intencional. Se trata de avasalladores en potencia que “preparan” la toma de estos predios que, una vez devastados por el fuego, en muchos casos bajo la protección del gobierno, serán luego legalizados mediante el INRA. El gobierno se niega a declarar Emergencia Nacional y deslinda gran parte de sus responsabilidades a los niveles subregionales, en todo caso, está claro que observa con cierto beneplácito la cantidad de tierra que dispondrá para negociar votos el 2025. Se trata a claras luces de una maniobra absolutamente coherente con la moral masista. Sin embargo, más allá de todos estos dolorosos vericuetos el hecho de que el 80% o más de los incendios fueron provocados de forma premeditada, devela la magnitud del deterioro general de la sociedad nacional. La gran mayoría de los ciudadanos en el mundo entero consideran sin muchos remilgos que prenderle fuego a la “Madre Tierra” es un acto criminal que atenta no solo contra el equilibrio ambiental, sino, además, contra todas las formas de vida en el planeta. Los incendiarios fácilmente podrían ser tipificados como criminales, de hecho, nuestra legislación contempla un tipo delictivo denominado “ecocidio”. Con absoluta seguridad hace 20 años atrás ni el más pobre de los pobres se atrevía a incendiar vastas extensiones del territorio nacional, y ni pensar que lo intente en un área protegida, este tipo de criminales son un producto nuevo, son la resultante del “Proceso de Cambio” y del fracaso del proyecto plurinacional masista. Hace 20 años nadie se atrevía a incendiar el país, y no lo hacían porque el conjunto de los ciudadanos (independientemente de su credo, su filiación étnica, su preferencia política, su nivel socioeconómico, o cualquier otro distintivo) sabían que los apetitos personales y las prebendas políticas tenían un límite moral y una talla ética que nadie estaba dispuesto a transgredir. Existía un país donde la convivencia dependía de la aceptación mutua, del reconocimiento de determinados valores y normas sociales que ponían límites, otorgaban derechos y exigían obligaciones. Hace 20 años, la justicia (sin ser un dechado de virtudes, porque nunca lo fue) se aplicaba con cierto rigor a todo el que cometía un delito, hoy se los premia, se les otorga tierras, se les encarga puestos diplomáticos y se los reconoce públicamente. Hace 20 años, ningún gobierno hubiera guardado un silencio abrumadoramente cómplice, criminal y claramente calculado como el silencio del actual gobierno. Hace 20 años, teníamos un país cuya institucionalidad le daba consistencia al tejido social, funcionaba fuertemente ligado a los valores que garantizaban la vida en los marcos de la legalidad, la solidaridad, el cumplimiento de deberes. Han pasado 17 años desde que Evo Morales tomó el Poder y se dio a la tarea, pulcramente continuada por Arce Catacora, de pulverizar todos los mecanismos que les dan consistencia moral y ética a las sociedades. En lo más profundo del sentimiento nacional sabemos que nos han dejado los despojos de una nación que se debate en la búsqueda de una salida histórica capaz de reconstruir su institucionalidad y la Nación misma. Bajo esas condiciones, los incendiarios no son creaciones del demonio, son lo único que pudo producir el fallido proyecto plurinacional, cuyo resultado puede percibirse como un momento en que ya nada está donde debía y menos los valores, los principios, las normas y la Ley, de manera que, si usted pretende meterle fuego al vecino, no se preocupe, no le pasará nada, semejante atropello está en el guion masista.
sábado, 8 de abril de 2023
1952, el nacionalismo revolucionario y el Estado que acaba de concluir
En los 71 años transcurridos desde 1952 a la fecha el país experimento 4
“momentos” políticos diferentes: uno nacionalista plenamente revolucionario,
(1952-1956) que se proyectó hasta 1964. Uno de corte fascista que se inicia en
1964 con René Barrientos O. y culmina en 1982 con el retorno de la democracia.
Uno democrático liberal que va de 1982 al 2006, y finalmente uno indigenista
que cubre el periodo 2006 y concluye el 2019 con la renuncia de Evo Morales A.
En la tradición analítica nacional se ha considerado que estos momentos
constituyen episodios diferentes y en consecuencia se los analiza por separado.
Se asume que fueron consecuencias externas al proceso de la Revolución
Nacional, sin embargo, un análisis más detallado de cada uno de ellos desde una
perspectiva histórica y no meramente coyuntural, muestra que fueron expresión
de las contradicciones internas del
mismo proceso, complejo proceso que la terminología especializada instala bajo
la categoría de “Estado del 52”, es decir, todos se suceden al interior del proceso de
transformaciones de largo alcance que conocemos como “Revolución Nacional”
Lo que en realidad sucedió es que la Revolución liberó todas las fuerzas
políticas que se habían ido desarrollando desde finales del siglo XIX y a lo
largo de la primera mitad del siglo XX. De hecho, sabemos que la fundación del
Partido Liberal de Camacho en 1.883, inicia el proceso de formalización de
organizaciones políticas propias de la modernidad, organizaciones políticas
liberales y conservadoras junto a las nuevas fuerzas de izquierda van
germinando a lo largo de todo ese periodo y formarían el capital político que
dio curso a la Revolución del 52.
Ejecutadas las reformas estructurales (nacionalización de las minas,
reforma agraria, voto universal y reforma educativa) e irreversiblemente
derrotada la estructura del Poder oligárquico, las fuerzas del MNR ejecutaron
el proceso de transformación nacionalista, al mismo tiempo, las tendencias de
extrema derecha se desarrollaron bajo la coraza de las Fuerzas Armadas abriendo
en 1964 el ciclo de dictaduras militares de corte fascista. Las tendencias democráticas
aliadas en la UDP (Unidad Democrática y Popular) recuperaron la democracia en
1982 bajo el sino de una democracia neoliberal, y las tendencias indigenistas e
indianistas, enarbolando los postulados de pluralidad multiétnica y racial (que
en realidad se los había instalado en el imaginario social boliviano a
principios del siglo XX) terminan ganando las elecciones del 2005 con el MAS y
Evo Morales.
Todos estos fenómenos se ejecutan como un solo movimiento de la historia
que reconocemos bajo la categoría sociológica de “el Estado del 52”, por esa
razón, dado que todos se mueven dentro el campo político de ese Estado, la
percepción que uno logra es que todos estos fenómenos hacían parte de un solo
movimiento de la historia, y que, ese movimiento llegó a su fin el 2019 con el
quiebre del proyecto plurinacional masista. El MAS cierra el ciclo del Estado
del 52 en un fallido intento por consumar el proyecto de inclusión social que
se había gestado tempranamente en el siglo XX, y que se concreta formalmente con el voto universal y la
reforma agraria del MNR. La inclusión real
y no meramente formal que logra
el MAS de Evo Morales, es en última instancia, la conclusión del proyecto de
sociedad que el MNR dejó inconcluso, esto es, el cierre del Estado del 52.
Si el ciclo ha concluido, resulta obvio preguntarnos qué momento estamos
viviendo. Tan obvia como la pregunta es la respuesta: vivimos los dolores de
parto entre un Estado concluido y la búsqueda de una solución de continuidad
histórica más allá de las formas democrático-populares, populistas, liberales, indigenistas
o fascistas consumadas en la historia boliviana desde mediados del siglo anterior.
Se trata de una transición difícil en la que los grandes discursos
nonagésimos y los proyectos cuyo referente clave fue lo popular, han cedido el
paso a un referente propio del capitalismo tardío; el ciudadano. Hoy los
interlocutores válidos frente al poder instituido son los ciudadanos de a pie.
Aquellos épicos momentos en que las “masas populares “definían el curso de la
historia y doblegaban los gobiernos con todo el peso del sindicalismo obrero y
campesino, son un referente de segundo plano. Las grandes reformas y la defensa
de los intereses nacionales y los derechos ciudadanos ya no dependen de los
sindicatos y organizaciones populares, tampoco de sus “partidos” y menos de su
ideología, hoy se asientan en el Poder Ciudadano cristalizado en plataformas,
agrupaciones ciudadanas e instituciones de la sociedad civil.
Esta difícil situación muestra hoy sus vértices más peligrosos expresados
en una creciente polarización, y un cúmulo de conflictos que expresan la
urgencia de construir un nuevo proyecto de Estado y un diseño de sociedad capaz
de responder los desafíos del siglo XXI más allá de las ideologías, de las
visiones étnicas y raciales o de las posturas radicales de una izquierda y una
derecha que en las sociedades de la ciencia y la comunicación resultan
superfluas.
domingo, 12 de marzo de 2023
¿Vivimos el fin del Estado Popular?
No se trata de un problema de
gobernabilidad, se trata de un momento de Crisis estructural del Estado que nos
deja la sensación de que mientras ellos se sacan los ojos el país funciona a la
deriva, por encima, o por debajo, pero bastante lejos de las trifulcas
masistas.
En torno a esto hay en la
actualidad tres interpretaciones sociológicas que intentan explicar el actual
estado de cosas: Una sostiene que se trata de un Estado Fallido, es decir, de un
Estado que fracasó en el manejo de la nación y que nos llevó al límite
histórico del desastre. Otra, la oficialista, que sostiene que lo que vivimos
son las vicisitudes de la transformación histórica producto de la Revolución
Cultural y la fundación del Estado Plurinacional, y la mía propia que sostiene
que ha concluido el periodo histórico del Estado Popular, y que, en su lugar
vivimos un momento de transición en que la sociedad y las instituciones de la sociedad civil
intentan organizarse como fuerzas políticas a partir de las identidades
urbanas, ahora nucleadas en plataformas ciudadanas y grupos de presión propios
de la calle.
Los argumentos en favor de un Estado
Fallido son sin duda válidos. El MAS fracasó en su intento de transformar el
país en el escenario del Socialismo Siglo XXI. Ninguno de sus postulados
alcanzó un nivel que dejarían marcado un derrotero de curso obligatorio, como
fue por ejemplo la nacionalización de las minas o el Voto Universal ejecutados
por el MNR como base de la Revolución Nacional. La inclusión social de los
indígenas y otros sectores siempre excluidos hace parte del programa
nacionalista, el MAS lo hizo posible más allá de las formalidades, y eso hay
que reconocérselo encomiablemente, a más de esto y algunas otras pocas cosas más,
las medidas que desplegó el MAS solo fueron las expresiones finales del Estado
del 52 con una sobre dosis de racismo a
la inversa. Ninguna fue un acto propiamente fundacional.
Los argumentos que consideran que
la crisis actual se debe a la descomposición del Estado Plurinacional son
igualmente válidos, pero ésta crisis final del MAS es también producto del Fin
del Estado Popular. Es la evidencia de que el intento de Refundar una Nación
desde la perspectiva de raza no era más que una distopía en la medida en que
deviene absurda en el escenario de la mundialización de las culturas y la
globalización de las economías, a más de que el occidente capitalista no tiene
posibilidad alguna de existir al margen de la modernidad victoriosa, y el
pachamamismo masista va –en consecuencia- en contra ruta de toda la historia de
la civilización occidental capitalista, habida cuenta del fracaso universal del
socialismo real.
Lo que en mi criterio atravesamos
es un momento en que la descomposición del periodo nacionalista, (de 1952 a la
fuga de Evo Morales el 2019) sumado a la crisis global de las ideologías
nonagésimas, la emergencia de los ciudadanos de a pie como los nuevos sujetos
de la historia de occidente (por encima de los clásicos protagonistas del siglo
XX; los obreros y los burgueses) bloquearon todos los intentos de transformar
el nacionalismo revolucionario del MNR en un indigenismo excluyente y
racialmente pautado, que en los hechos nunca fue parte del plan revolucionario
del MNR, al contrario, al basar su accionar político en la alianza de clases
que lo llevó al Poder, evitó cualquier contaminación de orden racial o étnica.
La Revolución Nacional se proyectaba como una República capitalista inscrita en
la modernidad al mejor estilo de occidente, el Estado Plurinacional es su
antítesis histórica.
Los nuevos actores políticos,
nacidos del Poder Ciudadano deben desarrollar una visión clara sobre la
trascendencia del momento actual. No se trata de un recambio de gobernantes,
tampoco de un golpe de timón en el actual estado de cosas, menos de la
reposición de las condiciones previas al advenimiento del MAS el 2005, se trata
de un momento de inflexión en que alguien debe reencausar la historia nacional
bajo un nuevo paradigma político e “ideológico” (si cabe el término de por sí
caduco) Un nuevo paradigma en el escenario propio del siglo XXI y en el
horizonte de la democracia ciudadana y liberal, por ello, las jóvenes
generaciones actuales tienen, en toda la extensión de la palabra, un desafío de
dimensiones epocales.
-
En nuestro medio, con cierta facilidad se tiende a identificar como regímenes populistas todos aquellos gobiernos que surgen en pa...




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